lunes, 21 de septiembre de 2015

Muerto Junto a los Lirios que Cortaba Un Jardinero en Ciudad Bolívar


Cuando era inhumado la gente se alarmó porque el cadáver abría y cerraba los ojos




Ciudad Bolivar, 22 (Especial)
Un jardinero murió súbitamente ayer cuando cortaba unos li­rios que luego sirvieron para su tumba. Durante su inhumación hubo necesidad de llamar al mé­dico porque a través del cristal del ataúd la gente veía que el jar­dinero muerto abría y cerraba los ojos y una lágrima se deslizaba por su mejilla izquierda.
Alguien corrió y utilizó el teléfo­no de la Celaduría para llamar al Hospital Central. Muy pronto lle­gó el médico, el doctor José An­tonio Salpetier, quien ordenó le­vantar la tapa del ataúd para auscultar el cadáver. "Imposible —dijo— está muerto". Le hizo la prueba del espejo, le tomó el pul­so, le examinó las uñas. "Imposi­ble —volvió a decir el médico—está muerto" y la gente agolpada en torno a la fosa y al ataúd, sus­piró aliviada.
Genaro Requena, de 60 años, y con domicilio en la Urbanización Las Moreas de esta capital, pres­taba servicios como jardinero des­de hacía muchos años en el Audi­torio Simón Rodríguez. Dependía del Concejo Municipal y devengaba un sueldo mísero con el que sos­tenía a su larga familia. Era sin duda un jardinero experto, podaba y cuidaba con devoción y esme­ro el jardín circundante del Audi­torio. Todos los días muy de ma­ñana iba el hombre a su obliga­ción hasta que ayer alumbró pa­ra él un día distinto. Se disponía a cortar los lirios de la entrada al edificio cuando le sobrevino un paro en el órgano vital. Su cabe­za quedó ladeada sobre las hojas de los lirios y así lo encontró una mujer qué cruzaba el camino. Des­pués se corrió la voz, vinieron las autoridades y todo el mundo en la ciudad supo que el viejo Ge­naro Requena, el jardinero del Auditorio, había muerto "esta ma­ñana" cuando cortaba los lirios.
Ayer, muy de tarde, cuando el cadáver de Genaro fue conducido hasta el cementerio y ya listo pa­ra ser bajado hasta la fosa, cun­dió la alarma de que tal vez Ge­naro no había muerto sino que se hallaba postrado bajo un ata­que cataléptico, pues sus ojos se abrían y se cerraban y hasta una lágrima rodaba por su mejilla iz­quierda. Mas este signo de espe­ranza se esfumó rápidamente ante la presencia del médico. El facul­tativo explicó el movimiento de los párpados como contracción de algunos músculos oculares que to­davía se hallaban con flexibili­dad. Genaro había muerto. No cabía la menor duda.

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